miércoles, 24 de junio de 2009

'Ir a la Noche de San Juan'



Tendría unos doce o trece años cuando mis padres me dejaron ir, por primera vez, A La Noche de San Juan.

En el pueblo en donde vivía, La Noche de San Juan se celebraba (creo, y espero, que se siga haciendo) en unas arboledas a las a fueras. En las arboledas de al lado de El Río, entre el Molino Paco y el Molino Primi. Era un día especial. Los amigos comprábamos grandes cantidades de comida y de bebida esa misma tarde, 23 de junio. El menú se basaba en decenas de bolsas de patatas, de mil variedades distintas; algo para asar en la hoguera, preferiblemente chorizo; las primeras botellas de bebida destilada, con sus respectivos hielos y refrescos e, indispensable, el chocolate para desayunar.

Ir A La Noche de San Juan...

Cuando se acercaba junio y en el colegio ya olía a vacaciones, la Noche de San Juan estaba en la boca, en la cabeza y en el gusanillo del estómago de todos. Como suele pasar, los chicos del grupo ya eran expertos en tal menester. Aunque sólo hubieran ido el año de antes. Que si haremos la hoguera no sé donde, entre los caminos no sé cuales; sí, ahí, al lado de donde suele hacer la hoguera no sé quién, que siempre llevan no sé qué; pero no en la arboleda, sino al otro lado del camino, pero sí, cerca de El Río.

La tarde del 23 de junio de la primera Noche de San Juan era especial. Ya eras mayor.

Foto: zonalibre.org

lunes, 27 de abril de 2009


Ayer, domingo, mi despertador sonó a las siete de la mañana. Algo desganada, con las ojeras más marcadas de lo normal y con legañas, cogí el metro a las 8. Destino: Banco de España.

Llevaba desde el jueves refunfuñando por el madrugón dominguero. Renegando por despertarme más pronto de lo normal. Medio cabreada porque no iba a poder quedarme un rato largo en la cama tras trabajar seis días seguidos. El jueves me enteré que tenía que plantarme en Recoletos a las 8 de la mañana. En la Salida, de acompañante de un corredor de unos no sé cuántos mil más...

A pesar de mi desgana, algo me decía que, en realidad, el madrugón iba haber merecido, y mucho, la pena. Nos dirigíamos al 32 Maratón de Madrid.

En cada estación de metro se subía gente con chándal, mochilas, zapatillas de atletismo, pantalones cortos. Mayores, jóvenes, veinteañeros, treinteañeros, cuarentones... ¡octogenarios! O éso me parecían a mí, y creo no equivocarme. Transbordo en Príncipe de Vergara y andén repleto de atletas, deportistas aficionados e ilusionados.

Recoletos repleto. La salida de Banco de España casi colapsada. Estiramientos, calentamientos, olor a Réflex, sonrisas, ganas.

Mi desgana ya se había convertido en una gran admiración; y he de confesarlo, en envidia. Envidiaba a cada uno de los miles de corredores por su esfuerzo. A cada uno de los miles de corredores con una meta deportiva, pero sobre todo, con una meta personal.

Foto: Salida del 32 Maratón de Madrid, María San Felipe

sábado, 14 de marzo de 2009

Tiempo de lectura


Esta mañana he ido a la biblioteca. Hacía tiempo que no entraba en una a dejarme seducir por las estanterías llenas de libros, llenas de palabras, llenas de letras... Llenas de historias, de historias por leer, de experiencias por vivir.

Desde siempre me ha gustado mucho leer y reconozco que he sido, y soy, una intolerable con las personas que no comparten esta afirmación. A pesar de ello, también he de reconocer que leo mucho menos de lo que me gustaría. Leo todo lo que pasa por mis manos, aunque libros, libros muy pocos.

No era así cuando era pequeña. Siempre había algún libro empezado en mi mesilla y aprovechaba el mínimo momento para abrirlo y hacer correr el marca páginas. Seguramente impulsada por el amor a la lectura que se respiraba, y se respira, en mi casa. Libros fuera de sus estanterías, artículos de prensa de días pasados que esperan pacientemente ser leídos, revistas... Tardé un poco en entender por qué mi padre me llamaba Leona.

Y sí, hoy he ido a la biblioteca a reconciliarme con mi espíritu lector. Hoy he ido a la biblioteca y de nuevo ha vuelto a asaltarme la rabia de ¡cuántos libros y qué poco tiempo! Y también la de... ¡Maldita pereza!

Así que, he aprovechado la visita, he sacado tres libros para decidirme por uno. Porque sé, señores, que aún no puedo comprometerme a leer más de mil páginas en un mes de préstamo. Pero que leeré los tres, ¡seguro!

Respecto a aquellos que afirman que no les gusta leer... ¿lo habrán probado alguna vez? Yo, quiero volver a ser una Leona.

Campaña fomento de la lectura: Si tú lees, ellos leen