
Ayer por la noche empecé a ojear mi cuaderno. Un cuaderno de esos que se usan para apuntar de todo: listas de la compra, anotaciones del trabajo, números de teléfono que han de copiarse rápidamente, cuentas que a una la mente no le dan para hacerlas de memoria o textos cortos y olvidados escritos en momentos de inspiración.
Me gusta cuando encuentro cosas que he escrito, anotado o apuntado tiempo después, cuando no recuerdo haberlo hecho. Y así encontré un pequeño texto, inacabado. Me hizo gracia y se lo leí a mi hermana y a mi prima, porque pensé que les iba a hacer gracia, ya que hablaba de cosas que las tres habíamos vivido de pequeñas; cosas que habíamos vivido con nuestros abuelos.
Así que ahí va ese pequeño texto inacabado. Ese pequeño texto con pequeños detalles y pequeños recuerdos. Espero que al leerlo os vengan también detalles y recuerdos vividos con vuestros abuelos:
Cuando era pequeña, los fines de semana los pasaba en casa de Los Abuelos; aunque las tardes de los sábados estaban reservadas para ir a ver a La Abuela Fuencisla.
Con el Renault 11 de papá, nos movíamos de un pueblo a otro para ir a verlos, lo que significaba: casatañas asadas en la estufa, sugus, lazos de Lerma, filetes de Canuto, dar de comer a los gatos, paseos por el campo, probarse chaquetas de lana, tocar las campanas de la iglesia a mediodía, hacer rosquillas, saborear la tarta de El Recado, el bizococho de yogur, dormir en sábanas tan frías que parecían estar húmedas o ver encender la estufa, la chimenea o la cocinilla con una piña.
Foto: detalle de una cocina de leña